La pasión de Lennon

La lección más importante que aprendí de la biografía de John Lennon (Phillip Norman) fue a través de la cita de Astrid kirchherr (la alemana que inspiró el corte beatle antes de la beatlemanía): “No podía creer que un chico tan joven pudiera poner todo su corazón, toda su alma en lo que estaba cantando. Era realmente impresionante”.

Porque en un mundo donde la mayoría hace lo que se supone que tiene que hacer y sigue a quien se supone que tiene que seguir, lo auténtico se vuelve un bien sumamente escaso, y presenciarlo es un regalo, una oportunidad para reflejarnos, aunque sea un momento, esa pasión que ya existen en nosotros. Incluso en una sola estrofa, la entrega total es lo que asociamos con verdad.

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Respiro, luego existo

Tomar consciencia de la respiración no es fácil, como tampoco lo es mantenerse quieto escribiendo frente al computador. Si bien, podemos controlar las distracciones externas (internet, celular, ruido), hacer lo mismo con las internas (recuerdos, fantasías sociales, expectativas) no funciona de la misma manera, y es precisamente ahí donde más se desangra la energía.
Tenía una sola meta: evitar pararme y cumplir con al menos 10 minutos de escritura concentrada. Tenía que encontrar la forma de mantenerme quieto, de evitar ir cada un minuto al baño o la cocina, pero no, la magia del aburrimiento me azotaba sin vergüenza, pensaba en todo menos en escribir. Repetí el experimento día tras día, y comencé a notar que cada vez que divagaba (con algún pensamiento incómodo) tendía a “contener la respiración” -como cuando ves una película de suspenso o cuando te dicen algo de suma importancia-, y así, de tanto pensar me estaba literalmente ahogando.
Esto hizo que viera las cosas en perspectiva, y valorizara el papel que tiene la respiración consciente en el trabajo creativo. Quizás no pueda controlar la ráfaga de pensamientos que interrumpen mi ritual de escritura, pero lo que sí podía hacer era “observar” (monitorear) el tipo de respiración que tenía al momento de escribir. Comencé a notar que cuando me “levantaba de la silla” era para respirar profundamente, noté que cuando tenía una respiración pausada y tranquila (como caminata de domingo) me mantenía escribiendo mucho tiempo más.
Siendo realista, el problema no era psicológico, era físico. Creía que el bloqueo era producto de las expectativas, fantasías, cuando en realidad era por mi irregular y poco entrenada forma de respirar mientras escribía.Quizás por eso algunos fuman tanto, para tener ese momento de respiración profunda, otros prefieren reír para oxigenar la sangre, meditar, qué sé yo, lo que sí sé, es que la respiración es como el timón del barco, y ser consciente de ella durante el momento creativo resulta un grandioso esteroide de perseverancia.

Hacer más con menos

Los tiempos están cambiando,
frase cliché
que no dice nada
pero que encierra una gran verdad
un tao,
un todo,
eso que para ti
significa Dios…

Ojalá seas atea
para que gastemos menos tiempo
discutiendo
sobre quién es “qué”,
hagamos más con menos
más amor
menos veneno
lo sé,
cursilería barata
excepto cuando nos revolquemos

El otro lado de la luna

Me gusta pensar en la vida como una serie de relatos, y que la realidad se construye, a partir de esos cuentos que solemos llamar “verdad”. La verdad es algo que puedes demostrar ante los otros, o también, esa historia que “aún” nadie ha podido refutar. Algunos defienden “verdades” con su vida, otros las gozan, también quienes las sufren. Cada uno ve el partido de forma diferente, algunos te afectan, otros no.
Si todo lo que creemos son relatos, pues, no tendrías necesidad de contarte una historia aburrida para hacer las cosas (al menos que lo quieras así). Buscar la excepción a la regla, el “no” de los “sí”, el otro lado de la moneda, es un ejercicio maravilloso para aprender ese cuento llamado “originalidad”.

Elige tus batallas selectivamente

Hay personas que pasan su vida librando batallas inútiles, gastando energía a raudales tratando que el mundo fuese como quisieran. Se amargan a menudo porque la gente “los decepciona” (como si ellos fueran perfección andante), ven la realidad gris porque agotaron sus colores pintando una fantasía que no pueden controlar.
La falta de control es como un hoyo negro, nadie sabe que hay detrás pero puede absorberte, hacerte desaparecer como persona. Elegir tus batallas implica ejercer el único poder que podemos controlar: la capacidad para elegir cómo sentirnos. Algunos creen que es un mito, pero en realidad es un arte, el de dar vuelta las cosas, pensar diferente y no perder más el tiempo en situaciones que no podemos influir, que no podemos cambiar.

Con licencia para errar

El mejor ambiente para prosperar es donde te sientas libre para fracasar, donde no importa si tienes o no la razón, das tu opinión sin sentir vergüenza o temor. Ya sea en países, en equipos o en una relación, sentirte cómodo en un grupo es más que química, es dejar tu ego fuera la pieza y practicar eso llamado cooperación. No nacemos aceptando de buena gana las críticas, y es precisamente ese es el problema, creer que todo tiene que ser perfecto, creer que no debe existir margen de error. Está bien equivocarse, pero resulta inaceptable si no aprendemos de ello.

Programados para notar lo diferente

Nuestra atención aterriza en aquello que distingue del resto -independiente de su forma- puede ser una persona caminando con colores estrambóticos, un descuento del 70% en el producto de tus sueños o un artista faltándole el respeto a las vacas sagradas. Logran distinguirse de la masa porque no hacen lo mismo, ofrecen una nueva perspectiva de las cosas, y queramos o no, hay cierto placer asociado a ello, ya sea positivo o negativo (“que bueno que no soy yo”, “que ganas de ser así”).
En un mundo donde la mayoría se encuentra en la media gaussiana, los extremos son el insumo de los medios de comunicación, si no llaman la atención no sobreviven, por eso, aquellos que se aventuran a percibir la realidad a partir de lo que “no se ve” o contar la misma historia desde un ángulo totalmente diferente, nos brindan la oportunidad de ver más allá, de expandir nuestra imaginación y con ello, el regalo de cuestionar las historias que solemos llamar verdad.