El arte de insultar

No voy a gastar saliva
en insultos vulgares
cuando puedo denostar
con denuestos ejemplares

¿Por qué tan palurdo?
obtuso contumaz
no eres más que un burdo
chapucero pelafustán

Sonso y pusilánime
por decisión unánime
zoquete alcahuete
acéfalo de retrete

Escribirán en tu epitafio
aquí yace un gandul zafio
mentecato rastrero
gaznápiro puñetero

Tiro loco

Pase la mitad de la vida
queriendo ser como aquellos que no era
reforzando lo que no se me daba
minimizando todo lo que me alegraba
y así, obnubilado entre tanta comparación
olvidé por completo quién era yo.
Mi instinto tullido e ignorante
se orientó con la brújula del vacilante,
hasta que entendió
que no había nada que entender
que la mente desocupada
es el taller de lucifer.
Lo bueno de la madurez
es que por fin comprendes
que nunca es tarde para aprender
que lo que creías genético o divino
es solo un trabajo constante
matutino y vespertino,
nunca hubo un destino
solo hay pasos
solo hay caminos

Meditación Dionisiaca

!Whisky y meditación!
aperitivo con reflexión
mi receta Baco Buda,
brebaje de iluminación

!Salud! y posición de loto
sin dulce licor exploto
!Respiración con vino!
así, al mono domino

Ron y pilates
disfruto mis disparates
!Taichi con cerveza!,
el presente me adereza

!Gin y comida vegana!
un sorbete al nirvana
!Yoga y aguardiente!
borracho, soy más consciente

La senda del perdedor

Es doloroso perder, no nos gusta perder, por eso mismo tenemos que aprender a hacerlo, para tener la fortaleza de dejar una idea cuando no funciona, para no aferrarnos a una relación que nos tiene estancados, para recordar que pase lo que pase, podemos reinventarnos tantas veces como queramos.
“Practicar perder” unos minutos al día es saludable, se fortalece el músculo del desprendimiento; dejar ir ropa que no usamos; aprender a decir NO amablemente; recordar que los que nos rodean no estarán ahí para siempre.

La rebeldía de enseñar

Pensar por uno mismo es la quintaesencia de la enseñanza, la mecha que enciende la curiosidad que ya existe en nosotros. Al reflexionar, al intentar explicar algo con nuestras propias palabras estamos pensando, al cuestionar la información estamos pensando, al intentar exponer nuestro punto de vista, estamos pensando; así es como despertamos el interés por un área o materia, cuando nos preguntamos por nuestra opinión; así es como nos volvemos interesantes: cuando dejamos de repetir como loros y tenemos algo propio que decir. 

 

Calistenia literaria

Escribir no es solo un ejercicio intelectual, también es un ejercicio físico, y como tal, se necesita preparar al cuerpo para ello. Si quiero que mi cuerpo escriba lo que mi mente quiere -como un fisiculturista que logra esculpirse a su propia visión- se debe entrenar al físico para tolerar las ganas naturales de arrancar del asiento ante cada distracción, ante cada deseo del momento. Da igual si al principio escribes solo cabezas de pescado, la idea es primero acostumbrar al cuerpo a mantenerse quieto, dominar el arte de mantenerse respirando tranquilo mientras la manos actúan. Como toda actividad física, el progreso es una cuestión de constancia, de repetición casi absurda, de ir de menos a más. Muchos creen que no tienen talento para escribir, y por eso no escriben, pero en realidad no tienen su cuerpo entrenado para hacerlo; lo mismo va para cualquier deporte, instrumento o incluso hablar en público: hay que tener un objetivo ardiente para poder disfrutar una actividad que para otros solo podría ser un martirio. 

Parálisis por glotonería creativa

Nada más frustrante que tener ganas de escribir pero no tener idea sobre qué. Salpicas un pedazo de historia por aquí, una emoción por allá, y al final, lo que creías iba a ser una gran sesión de escritura se transforma en un tortuoso viaje sin sentido.
Ningún argumento basta, todo lo quieres hacer pero nada te entusiasma, saltas de una anécdota a otra, y cansa; cansa pensar en tantas opciones, cansa dudar del mapa a cada momento; creemos que no tenemos imaginación ni voluntad, nos culpamos, nos atacamos como una forma de explicar los pobres resultados, y así es como abandonamos los proyectos, cuando asociamos el escribir con una sensación molesta, con un martirio.

Después de tantas caídas, de tantas lecturas, aprendí que encontrar “esa historia” no es un asunto de imaginación ni inventiva, es más bien una cuestión de decisión, ¿por qué?, porque los argumentos están en todas partes, pululan en diarios, en libros de historia, en las anécdotas que no puedes olvidar; historias de amor, guerra, celos, superación, son universales, no tenemos que inventarlas, viven entre nosotros, pero debemos decidir, si queremos construir algo debemos estar dispuestos a abandonar las otras opciones, debemos elegir sacrificar las otras ideas y hacer el compromiso de elegir solamente una, y pase lo que pase, recordarlo hasta terminar.
Cuando queremos hacer todo, no hacemos nada, y en esa glotonería creativa, en ese politeísmo argumental las ideas acumuladas asfixian la mente, y si no estamos dispuestos a soltar, si no estamos dispuestos a decir no a todos los otros caminos, seguiremos perdiendo energía, días, meses, años.

Son los personajes los que hacen la obra, los argumentos son la excusa.