Lo que aprendí de Bukowski

¿Quién pensaría que un alcohólico y antisocial cartero de más de 50 años lograría triunfar con bombos y platillos en el mundo literario? Pues Charles Bukowski demostró que sin importar lo descarriada que pueda ser tu vida, sin importar la edad, la educación o la clase social, nada es es imposible cuando eres perseverante en lo que quieres lograr; nada es imposible cuando lo intentas un día más.
Con todo el viento en contra, Bukowski logró hacerse un espacio en la literatura a punta de brutal honestidad. Mientras otros autores creaban mundos fantásticos e historias inspiradoras, Bukowski escribía sobre sus anodinas experiencias cotidianas, las simplonas vicisitudes de un tipo de clase media baja que nunca se sintió conforme. Se entregaba a su arte con tal crudeza y simplicidad que -cual alquimista- transformó la monótona e irrelevante rutina en una experiencia única para el lector.
Su pluma no es la de un espectador, es la de un protagonista, uno que representa todo eso que el establishment intenta censurar: adicción al juego, a las sustancias, prostitución, pobreza, violencia y una descarnada pérdida de la moral.
Fue tantas veces rechazado que terminó haciéndose inmune a la crítica, y a pesar de todos los problemas que arrastraba nunca dejó de escribir, nunca dejó de ejercer el arte de confeccionar poesías, cuentos, y finalmente su particular estilo novelístico.
Su sinceridad te atrapa. Muestra sus defectos con orgullo y escribe como si no tuviera nada que perder. Lo genial de Bukowski, y quizás su mayor lección, es que nunca dejó de ser él mismo, no esperaba tener una gran idea o experiencia para escribir sus historias; escribía de su propio mundo, con su propio lenguaje, desde su propia monstruosidad.

En busca de tu tribu

Cuando te sientes parte de un grupo, no tienes miedo a ser juzgado, no tienes temor de expresar tus ideas, aunque no estén articuladas, aunque no tengan sentido, mientras sea con respeto, no te sentirás intimidado a opinar. Lo hermoso de un grupo cohesionado es que no hay temor de mostrarnos vulnerables.
Nada mejor que una banda de amigos y eso la TV lo sabe muy bien, por eso gustan tanto series como Friends, How i meet your mother o los Supercampeones; son las relaciones entre la personas las que hacen que un equipo rinda más que otro; es el ambiente el que termina potenciando a las personas individualmente.
Aquellos que viven con temor a equivocarse, a creer que serán juzgados en cada movimiento, suelen ser los pesos muertos del grupo: viven ensimismados, más preocupados de si mismos que de las necesidades del resto, y en su exceso de individualismo terminan repeliendo.
Esperar encontrar un grupo que te acepte tal cual y no te juzgue es idealizar un poco las cosas; porque al igual que en el amor, para cosechar, primero tienes que sembrar; hay que dar para recibir; independiente si es la familia, un equipo deportivo o un grupo de trabajo, para sentirte integrado tienes que participar; para saber si es tu tribu o no, primero te tienes que aceptar.

Pequeño Chucky

No hay fórmulas ni moldes
los niños siguen siendo niños
creer que son manipuladores
es olvidarse de tratarlos con cariño

al ceder ante cada pataleta
creerá en la magia de la rabieta,
esto es igual que con las dietas
mientras hagas invisible la tentación
mantendrás aquietada su pasión

no tienen un plan ni estrategia
como monos repiten lo que funciona
no esperes que controlen sus emociones
si ni tú mismo puedes con tus explosiones

Ideas estancadas se pudren

Hay una anécdota que refleja bien el estilo de Lennon y McCartney cuando se trataba de crear. En sus inicios, cuando se sentaban a componer y lograban dar con una buena melodía que por alguna razón se olvidaban de anotar, en vez de lamentarse y sufrir para recordarla, decían: “dejémosla ir, si es realmente pegajosa, mañana la recordaremos”; y vaya que sí lo hicieron.
¿Cuántas veces nos hemos quedado pegados con una idea o texto que no va para ninguna parte? Pueden pasar días sin que nada avance porque algo no fluye; lo sigues intentando porque te encanta la idea, porque has invertido tiempo, labia y páginas en ella, pero no, no funciona, y crees que seguir forzando las cosas es perseverancia; te niegas a soltarlo hasta que te das cuenta que ya no puedes más.
Eso pasa cuando te aferras, perdemos tiempo y energía solo para demostrar que sí podemos; así es como se estancan los autores, creen que no tienen capacidad para nuevas ideas pero en realidad están atestados con las viejas; se vuelven rígidos porque no están acostumbrados a soltar; se vuelven lentos, porque se volvió rutina moverse contra la corriente.
Es uno quien dicta los términos de lo que hace, y si no lo estás pasando bien, es porque en algún momento perdiste el control de lo que estabas haciendo; por eso es importante dejar ir cuando algo no funciona, porque el acto mismo de hacerlo es lo que devuelve la confianza en uno mismo, porque implica tomar una decisión; implica asumir el vértigo de la pérdida.
Cuando entra aire fresco a la mente, se pueden ver las cosas desde otra perspectiva, abrirse a caminos alternativos, considerar pedir ayuda si es necesario. El proceso creativo requiere ser despiadado con la edición, cuando algo no funciona o se estanca, hay que identificarlo para dejarlo ir; esa es la mejor forma para quedarse con lo mejor. Si la idea es buena, de alguna u otra forma volverá.

Impresiones del Ulises de Joyce

Todo es posible escribir, todo cabe en el papel; da lo mismo lo que publiques y como lo hagas mientras creas en tu trabajo. La regla es que no hay reglas; no hay respetos, solo una historia, una simple historia de un solo día.
Leí como un primerizo, respetando demasiado los soporíferos sin sentidos, las interminables galimatías que nadie dice, que quizás todos piensan. La hipergrafía del autor emerge sin atisbo de fanfarronería, más bien como una muestra de la confianza de aquel que olvidó y no le importa la crítica.
Fue una maratón de seis meses, al principio solo leía una página al día, después tres, y en mis mejores momentos de a diez. Cada capítulo, cada estilo, cada ritmo era más críptico que el anterior, más laberíntico; llegó un punto en que las referencias y nombres me llevaron por caminos de total desconexión, sin embargo, a pesar de todas las palabras y su longitud, se intuía que nada faltaba, no había nada que editar porque cada frase tenía su propio espacio, su densa densidad.
Las costuras de la creatividad estaban intencionalmente expuestas, combinaciones inusuales de lo convencional, en cada capítulo un realismo absurdo, anacrónico, crudo erotismo latente. Cada página es una posibilidad, una oportunidad de expansión de conciencia léxica; Joyce como maestro enseña con el ejemplo: con la desfachatez literaria de quien no tiene miedo de escribir.
Utilice el Ulises como maestro, reconozco que su lectura fue incómoda, un ejercicio de tolerancia, una montaña de persistencia que iba escalando día a día, palabra a palabra. Indescriptible la satisfacción de sentir algún tipo de avance o vinculación fugaz, de mirar hacía atrás las páginas leídas y contemplar orgulloso el camino avanzado.
Empecé a entender cuando dejé de hacerlo; renuncié a abordarlo racionalmente, y fue ahí cuando las letras poéticas emergieron; la poesía permite las faltas, las incongruencias, la ausencia de sentido; la poesía libera y perdona. Leyendo Ulises descubres que la vida es muy corta y que hacer lo que queremos siempre presentará un obstáculo: el tedio.
Ulises es un libro para escritores, porque solo aquel con alma de escritor puede estar dispuesto a perseverar en su imbricada e irrelevante lectura, porque sabe que
está aprendiendo, porque sabe que al finalizarlo podrá terminar cualquier cosa. Reconozco que después de la página final, aquellos libros clásicos que en otrora consideraba densos, hoy se vuelven accesibles, disfrutables.
Con Joyce te das cuenta que en el arte de escribir libros, la forma importa más que el fondo; que puedes publicar cualquier cosa que imagines mientras tengas el valor de hacerlo, mientras creas en el proyecto, mientras te importe un carajo las críticas de los demás.

Maldita y divertida incomodidad

Independiente de la tarea que estemos haciendo, entre más incómoda sea, más fácil será distraernos de ella, y en ese entuerto, la mente buscará cualquier alivio inmediato: abrir compulsivamente páginas web; vueltas a la cocina o revisar el teléfono por inercia. Cuando hacemos una tarea difícil, el objetivo de la distracción es evitar la sensación de incomodidad, pero la consecuencia es que nuestro progreso se vuelve más lento que un desfile de tortugas.
Transformar lo incómodo en algo desafiante es posible si reinventamos la forma de trabajar dándole un formato de juego. El juego en sí, es una forma de ordenar la realidad; pone límites a nuestros movimientos, acota el tiempo, hay obstáculos y un claro objetivo a la vista. Es increíble ver como niños diagnosticados con TDAH pueden pasar horas concentrados cuando se trata de un videojuego, o tratando de hacer un tik tok. La concentración de rayo láser existe en todos, y despertarla depende de encontrar el lado lúdico a las actividades.
El diseñador de videojuegos y escritor Ian Bogost resume la diversión como “la consecuencia de manipular deliberadamente una situación familiar de una nueva manera”; entonces, en vez de escapar de la incómoda realidad en la que estamos, podemos motivarnos a hacer las cosas si la transformamos en algo diferente, novedoso. No es casualidad que los grandes maestros declaren que su área de competencia es como un juego: el juego de los negocios, el juego del amor, el juego del poder. La entretención y la curiosidad van de la mano; por eso es importante hacer las cosas de manera diferente: porque explorando se llevan a cabo los descubrimientos; porque nos involucra y nos da la sensación de control, y claro, nos mantiene enfocados para terminar ese maldito proyecto que tanto posponemos.

Persistencia, el hada madrina del artista

Mientras los principiantes esperan momentos de entusiasmo para ponerse a trabajar, los maestros se ponen a trabajar para tener esos momentos de entusiasmo. Lo único que distingue al maestro del principiante no es el talento, sino la perseverancia, el trabajar un poco todos los días. El novato se sentirá intimidado ante la idea de “hacerlo todos los días”, y creerá que la perseverancia implica forzar la voluntad, y como mito de sísifo, cargar eternamente una roca hacia
la cima de la colina. Los maestros saben que es imposible lograr hacerlo si no hay una motivación detrás, una ganancia diaria de por medio; para ellos, hacerlo todos los días más que un esfuerzo, es la excusa para sentirse bien, para motivarse, para reforzar un sentimiento de confianza sobre sí mismos.
El único esfuerzo está en preguntarse constantemente, ¿Qué debo hacer para hacerlo entretenido? ¿Qué temas me encienden? ¿Qué ambiente es el más cómodo para trabajar? ¿Cómo hago esto más sencillo de hacer?.
Da igual si es un pasatiempo o un hobbie, la perseverancia nos va moldeando para bien; se transforma en un recordatorio constante de que a pesar de las circunstancias y las personas, aún depende de mí la actitud que voy a sentir hoy, y qué mejor forma de hacerlo realidad que con una dosis diaria de arte.

Bombón Relleno

Obsesionada con la comida
a veces sueñas con pan
conversas con una miga
te desayuna el que dirán

Te importa un pepino tu silueta
eres sensual y croqueta
andas sin pizza por la vida
con fragancia de chuleta

Te invito a bailar salsa
me dices que con bolognesa
el espagueti no te cansa

Masticar es tu deporte favorito
toda la comida saludable
la saludas de lejito

El bloqueo por excelencia: la ausencia de una postura

Lo he visto; la confianza en uno mismo emana cuando tomamos una posición en la vida, cuando defendemos algo que para nosotros es importante. Al tomar consciencia de nuestros valores, podemos identificar a los de nuestra tribu, quienes están con nosotros y quienes no. Más allá si tu postura es buena o mala, lo importante es tener una; así se forman los grupos, y así se puede llegar lejos.
El bloqueo es el resultado de quien no sabe a dónde va, de aquel que no ha reflexionado en torno a sus valores, a su posición, a lo que le es importante.
Tolstoi escribía desde el privilegio aristócrata, Dostoievsky desde los desclasados; Jane Austen desde los estereotipos femeninos. Las palabras fluyen cuando tienes donde apoyarte, puedes construir un argumento cuando conoces tu posición.
Tomar partido por un bando hace todo más entretenido, emergen naturalmente los antagonistas, las tesis, las hipótesis, y eso termina enganchando. Al asumir una posición se ordena el caos, y en esa estabilidad es cuando puede nacer un estilo, una forma única de decir las cosas.

“Nadie es escritor por el solo hecho de haber decidido decir ciertas cosas y hacerlo, sino por haber decidido decirlas de una determinada forma; es el estilo, ciertamente lo que determina el valor de la prosa” J.P. Sartre