Manos al fuego por nadie

A pesar de los miles de años que llevamos de historia y por más avanzada que sea la tecnología, el ser humano sigue siendo el mismo primate emocional de siempre, variando entre los extremos: odio o amor, controlador, conciliador, miedo o placer. Creer que los nuestros tienen que ser siempre buenos con nosotros es ponerse un velo en los ojos, lo tomas personal y te haces vulnerable. Asumir la naturaleza cambiante del sapiens te hace evitar decepciones y resulta una ventaja para sobresalir en la jungla social.

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La culpa es la comida chatarra del lenguaje

Las palabras recriminatorias son como las calorías vacías, son ricas en energía pero no aportan ni un nutriente al desarrollo de nuestras relaciones. Puede que encontremos sentido e incluso placer en culparnos por lo que no hicimos, pero solo será una satisfacción de corto plazo, una especie más de evasión de lo que realmente importa. Un culpador corre el riesgo de acumular pasado en exceso, una adiposidad mental que dificultará reaccionar con soltura a lo que sucede a su alrededor. Dar vuelta la página todos los días es un gran ejercicio para mantenerse atento, para quemar el peso innecesario.

Primero los hechos

Hay quienes buscan en los libros la salvación, otros siguen a personas ciegamente como si fuera la única solución, es así como debilitan su capacidad para pensar porque están acostumbrados a recibir, a depender de otro, por eso no se adaptan con rapidez, porque tienen que consultarlo antes. Ser un tomador de decisión es un arte que requiere tener los ojos bien abiertos, estar atento a los hechos más que a los pensamientos, tolerar el dolor de responderse uno mismo primero, y ser consciente que no sabemos nada.

Pasado pisado

Adiós con el pasado, ya no existe. Quedarse pegado en los recuerdos, en las ofensas, en el daño que te hicieron es camino seguro para lograr una mente cerrada, una estrechez de mira, de corazón. Cada rabia recordada, cada frustración rememorada te roba más y más energía, carcome tu atención, destruye lentamente la fe en ti mismo. Para qué hacerse daño gratis, la vida es muy corta para destinarla al rencor, injusto para tu cuerpo, aburrido para los demás. Mejor llenarla de proyectos, objetivos, de risas, de ejercicio, de amor, de inspiración… de un poco de olvido.

La organización como medio para la libertad

Tomar las riendas de todas tus acciones tiene un costo, la independencia no se gana fácilmente, suele haber lucha, una resistencia previa. Una vez conseguida la libertad, el caos hará su entrada magistral, las dudas y el miedo nublaran toda perspectiva, será normal mirar para atrás y añorar lo perdido. Es probable que busques anestesia, cualquier cosa para no pensar, pero llegará el punto donde tengas que decidir si volver con la cola entre las piernas o inventarte una rutina que te permita descansar. Reconocer que el orden y la organización son esenciales para la libertad es el primer paso para despegar. La esclavitud es estar a merced de una rutina que no te pertenece, que no te conduce a nada, que no tiene sentido para ti.