Rendirse es siempre un error

Si quiero llegar a ser la mejor versión de mí mismo debo trabajar codo a codo con el miedo de no lograrlo. Habrá días en que la voluntad estará fuerte y te sentirás en la cúspide, pero otros… mejor ni mencionarlo. La idea de un cambio emociona, revitaliza y es cuando hacemos nuestros planes más ambiciosos, pero no todos pueden soportar los embates diarios de la realidad, algunos creen que ya deberían estar viviendo su sueño, se castigan por no lograr sus expectativas, se dicen cosas feas y lo triste es que de tanto repetirlo comienzan a creerlo de verdad.

El viaje a nuestra mejor versión debería establecerse como un contrato donde se asume que habrá momentos bajos en el proceso, habrá momentos donde perderemos la fe, donde no tendremos ganas de seguir, pero es precisamente ese punto el que marca la diferencia entre los que lo logran de los que no. Seguir adelante a pesar del miedo a no lograrlo, seguir adelante a pesar del peso que sentimos es parte de la prueba. Es en las horas bajas donde crees que todo esta perdido el mejor momento para crecer.

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El arte de enseñar

Un profesor que no ama lo que enseña es como escuchar un largo discurso de una voz monótona: genera aburrimiento y un bajo nivel de interés. Los oídos del alumno se cierran y su ambiente le responsabiliza por su pobre rendimiento. Es la génesis de la aversión escolar.

Enseñar es involucrar al alumno, es despertar su curiosidad, es dejar de lado las formalidades y explicarle las cosas incluyendo su lado derecho: con colores, emociones, imágenes, metáforas. Un profesor que no admire su materia, que no respete lo que hace, difícilmente podrá jugar con la información, difícilmente podrá encontrar analogías para explicarla.

Tener un buen profesor no debería ser buena suerte, debería ser una condición.

Destilando una historia

“¿Sabes por qué Dios invento a los escritores? Porque le encantan las buenas historias. Y las palabras le traen sin cuidado […] Tú intenta no pensar en las palabras. No te esfuerces en buscar la frase perfecta. Eso no existe. Escribir es cuestión de adivinar. Cada frase es un tanteo educado, tanto del lector como tuyo.” J.R. Moehringer, El bar de las grandes esperanzas.

Toma tus historias favoritas, esas que dejaron una huella imborrable en ti. Llévalas a tu taller, desarma cada una de sus partes. Observa sus piezas por separado: el contexto, el protagonista, su objetivo, sus obstáculos, etc. Vuelve a armarla, obsérvala nuevamente, preguntante cuales son esos detalles que te emocionan, que momentos o procesos hacen la diferencia en ti. Desarmarla otra vez, quédate con las partes que te hacen sentir vivo, prescinde de lo efímero. Arma y desarma las veces que sea necesario, hazlo hasta que haya un error en el proceso y veas que tienes algo diferente, algo especial: tu propia versión de la historia.

Esa primera chispa

Lo mejor de leer autobiografías es darse cuenta que no hay nada de genial ni sobrenatural en los ídolos, solo tipos comunes con un respeto y amor absoluto por lo que hacen. Esa pasión les lleva a percibir sus actividades desde ángulos que resultan fascinantes, y para el ojo interesado, sus obras pueden ser fuente de gran sabiduría.

En el camino de la escritura no descarto ningún recurso para estar inspirado y lo que aprendí de los músicos es que las grandes obras parten de la simpleza máxima: una par de acordes, un sentimiento.

“Cuando tienes una idea, el resto acaba viniendo solo […] Las emociones que caracterizan a la canción (arrepentimiento, amor perdido) surgen mientras la creas. El caso es que si encuentras el arranque de la canción, el resto es fácil, se trata de encontrar esa primera chispa”  Keith Richards

¿Cómo puedo ayudar?

Nadie se escapa de las horas bajas, esos momentos vulnerables cuando la energía esta famélica, la negatividad demanda atención y los colores que nos rodean se destiñen lentamente. La piel se vuelve delgada, tan delgada que pareciéramos perder toda intimidad. En este estado vulnerable el mundo deja de existir, el egoísmo disfrazado de cordero acecha peligroso.

¿Salir de ahí?

Estés donde estés pregúntate: ¿qué puedo hacer por los demás?, ¿qué puedo hacer hoy por el resto?, ¿cómo puedo ayudar a los que tengo cerca?
La misión es sacarte de tus pensamientos, que tu atención migre al exterior, que el aire fresco ventile tu mente y te devuelva al equilibrio. La idea de sentirse un aporte para los demás es un elixir revitalizante. Pensar en lo que puedes ofrecer te hace consciente de tus recursos, te hace tomar el control, te da la oportunidad de volver al juego.

De afuera hacia adentro

Es triste cuando postergas la labor que hará la diferencia
cuando inventas razones para quedarte paralizado
crees que necesitas descanso
te convences de estar fatigado
y sin darte cuenta
comienzas a actuar en consecuencia,
tu cuerpo se repliega
queriendo ocupar el mínimo espacio
respiras como si no quisieses ser notado
y que la culpa no te pille acorralado

Te niegas a perder
casi arrastrándote
logras sintonizar tu canción favorita
te da un poco de energía
y te recuerda lo que necesitas
respiras tan profundo
como si hubieras corrido una maratón
levantaste el mentón
fingiste una postura poderosa
y te engañaste a ti mismo
hasta que la desidia arranco pudorosa

La receta es uno mismo

Cada uno de nosotros tiene a su disposición los mismos ingredientes artísticos: las letras del abecedario, las notas musicales, los colores, las emociones, etc. Estos insumos siempre son los mismos y se repiten en las obras una y otra vez. Lo único que puede ofrecer el artista al mundo es su visión de dichos ingredientes. El talento está en todas partes, pero no cualquiera se atreve a compartirlo.